Cicatrices en el Paisaje. Presentación del libro de la doctora Ángela Crespo Fraguas
El próximo jueves día 18 de abril tendrá lugar la presentación, en el Museo de los Concilios de Toledo, a las 19:00 horas, del libro "Cicatrices en el Paisaje. La fortificación de campaña y su evidencia arqueológica en la provincia de Toledo. 1936-1939", de la doctora Ángela Crespo Fraguas.
El libro, parte de su tesis doctoral, nos habla de las huellas arqueológicas que dejaron en el paisaje de nuestra provincia las operaciones militares que tuvieron lugar durante la guerra civil, entre 1936 y 1939. Sin duda, un libro interesante para todo el que quiera saber un poco más sobre nuestra historia reciente, e imprescindible para quien tenga interés en conocer en detalle las características constructivas de trincheras, fortines y otros elementos, para lo que la autora ha realizado una completa investigación historiográfica y consultado fuentes documentales y archivísticas, comparándolas con los resultados de varias campañas arqueológicas en diversas posiciones de la Guerra Civil, tanto del bando republicano como del franquista.
Desde mi Atalaya. El Polígono sin nosotros
El Polígono sin nosotros
Nuestras
referencias temporales tienen de base la escala de la vida humana. Nos cuesta asimilar
la distancia que existe entre nosotros y las sociedades desaparecidas del
pasado y aún más digerir la dimensión de los tiempos profundos de la geología.
La naturaleza
hizo su lento y eficaz trabajo. Durante millones de años energías colosales
levantaron montañas, las arrasaron y de los escombros las volvieron a alzar,
fracturaron el suelo, lo levantaron y lo hundieron, y los picos fueron desgastados
una vez más. Luego, el río el Tajo terminó de modelar el relieve.
Entre 600 y
380 millones de años gran parte de la península estaba cubierta por un mar. Después,
durante cien millones de años, los materiales depositados en el fondo fueron plegados
como si fueran una hoja de papel que presionamos por los extremos, formando macizos
montañosos. En el interior la temperatura aumentó hasta el punto que se fundieron
los materiales, ascendiendo por las grietas y enfriándose en la profundidad o
la superficie, y en algunos casos se mezclaron y combinaron dando lugar a
distintos tipos de rocas.
Los ríos y
arroyos erosionaron estas montañas hasta arrasarlas por completo dejando a la
vista las rocas más profundas y antiguas, las raíces. Al mismo tiempo, hace 80
millones de años, una elevación del nivel del mar hizo que las aguas llegaran
hasta donde hoy se ubica nuestro barrio. En un mar poco profundo y cálido se
depositando sedimentos calizos, margas y arenas.
A partir de
hace 55 millones de años las fuerzas geológicas actuaron de nuevo sobre un gran
macizo que ante las presiones se comportó como bloques rígidos; una parte se
elevó formando los Montes de Toledo y otra se hundió creando una gran cuenca
interior a donde empezarían a verter los ríos y se formaron lagos. El límite
entre las dos zonas quedó marcado por una fractura de sentido este-oeste
(falla). Desde los montes bajaron arroyadas de materiales arrancados que iban
perdiendo los elementos más gruesos y rellenaron la depresión interior con
sedimentos cada vez más finos, creándose así una suave pendiente.
Hacia el sur
de la Vía Tarpeya la atalaya se asoma al escalón de la fractura, cimentada sobre
las rocas más antiguas del dominio silíceo en el que predominan las migmatitas;
rocas formadas por una mezcla de materiales en distinto grado de fusión que
vemos por todo el escarpe y los arroyos que lo cortan. La falla no es visible,
oculta bajo el manto de sedimentos aluviales que cubrió toda la zona hacia el norte,
dando lugar al dominio arcilloso de la Cuenca del Tajo, cuyos materiales
afloran cada vez que se construye un edificio o en los cortes de las
carreteras, como el rojo alcaén que podemos ver en el talud al sur del centro
comercial. Las margas blancas y rojizas depositadas por el mar, pertenecientes al dominio calizo, aflora aquí
y allá en varios puntos de la Fuente del Moro.
En algún momento, hace 2’5 millones de años, el macizo basculó y el Tajo empezó a circular de este a oeste al norte de los materiales duros, arrastrando los terrenos blandos y encajándose en estos debido a fenómenos planetarios (glaciaciones), dejando su rastro en forma de gravas que vemos aflorar en varias zonas de nuestro barrio a distintas alturas según su antigüedad.
Durante millones de años sólo existió la naturaleza. Mucho después veríamos en esta suave ladera un buen lugar para ubicar nuestros hogares. Humanos, capaces de lo mejor, de alcanzar las estrellas, y de lo peor, de construir mundos inhabitables de asfalto y ladrillo; sucios, hacinados, ajenos a la naturaleza que cada vez alejamos más de nuestras casas, sustituida por cualquier proyecto urbanístico especulativo e innecesario.
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Desde mi Atalaya. En Busca del pasado
Inicio una pequeña serie de artículos sobre historia centrada en el barrio del Polígono, titulada "Desde mi Atalaya", publicadas en el periódico Vecinos.
En busca del pasado
El
Polígono es un barrio de nueva construcción y, por lo tanto, de emigrantes.
Todos, salvo las últimas generaciones, somos de otros lugares, como, por otra
parte, sucede con los habitantes de la mayoría de pueblos y ciudades. La memoria
que configuró nuestra identidad es reciente y está vinculada principalmente
al espacio simbólico urbano, ligada al movimiento asociativo y la
participación.
Lo anterior a
la creación del barrio se encuentra difuminado o perdido, suele sernos extraño.
El “poligonero” mira a Toledo para buscar lo histórico. Así, construimos
nuestra identidad cultural, los sentimientos de pertenencia, con base en un
pasado cercano y externo.
Tal vez por
eso, o por la historia tan potente de la ciudad histórica, solemos dar poca importancia a los elementos
del pasado que nos rodean, aunque todos nos hemos sentido alguna vez
atraídos por la Atalaya que nos guarda.
La humildad de los vestigios del pasado, o la poca difusión que se suele dar a
estos, no ayuda a sentirlos como nuestros y a valorarlos.
Son varios los
elementos arqueológicos que permanecen ignorados. Muchos, en un barrio con
tanto desarrollo constructivo, probablemente han sucumbido antes de que
pudiéramos conocer de su existencia; otros, permanecen registrados en
expedientes o informes administrativos, sin más difusión, y su materialidad,
probablemente, pasó, o pasará, a mejor vida al cimentar una obra, o quedará
oculta bajo metros de tierra, sine die,
en una glorieta, un vial, o una zona ajardinada; por último, los bienes
materiales recogidos en las excavaciones duermen el sueño de los justos en
oscuros almacenes del museo de Santa Cruz. Lo que no se conoce no se valora, y
parece que es lo que se busca, que no se creen sensibilidades que puedan
“entorpecer” el desarrollo urbanístico.
En esta
“sociedad del ocio” se valora, cada vez más, el acceso a la cultura como una
mejora en la calidad de vida. El conocimiento del pasado, de otras formas de
vida, contribuye a mejorar la capacidad crítica y, por lo tanto, a entender
mejor el presente.
Estamos
orgullosos de pertenecer a este barrio y, para apreciar el pasado, no es
necesario contar con grandes monumentos patrios. No precisamos acreditar
nuestros orígenes buscando un pasado respetable que justifique nuestro
presente. Somos del lugar donde vivimos, y nuestras “señas de identidad” se
encuentran aquí también, aunque hayamos nacido en otra parte. Los restos del
pasado que existen en el barrio, aunque humildes, son nuestra herencia y
deberían poder ser conocidos, contemplados y disfrutados.
Desde mi
Atalaya miro buscando las huellas del pasado. Durante millones de años la
naturaleza se bastó. Fuerzas geológicas inmensas formaron el territorio; el
suelo, rocas y fango, y el río modeló, finalmente, la ligera ladera donde,
después, se asentaría nuestro barrio. Más tarde, en el último suspiro del
mundo, llegamos los humanos. Primero, en pequeños grupos o bandas, siempre en
movimiento; pescando, cazando o recolectando, sin apenas dejar rastro. Más
tarde, aprendimos a sembrar la tierra y a pastorear el ganado. Poco a poco, sin
dejar de caminar, nos fuimos asentando; crecimos, deforestamos, construimos
sistemas de riego, edificamos moradas y poblados, enterramos a los muertos o guerreamos;
dejando en la tierra la huella de nuestro paso.
En lo que
podamos, intentaremos dar a conocer nuestro humilde patrimonio con el fin de
contribuir a que ese pasado “lejano”, más allá del movimiento vecinal, también
pueda formar parte de nuestra identidad cultural.
Vega Baja: cambiar las cosas para que nada cambie
Pulsa en la imagen para leer el artículo, "Sánchez Gómez, Isabelo. 2024: Vega Baja, cambiar las cosas para que nada cambie. toledodiario.es, 27-02-2024" en toledodiario.es

















