¡Hagan caso a los expertos, por favor! Juan Manuel Rojas “Importancia del legado oculto en la Vega Baja de Toledo”

Isabelo Sánchez
Plataforma "Toledo. Sociedad, patrimonio y cultura"

Nos encontramos en plena marabunta de declaraciones, contradeclaraciones, informes y déjà vu de 2006. Nuestros representantes, a pesar de hablar desde una posición ideológica totalmente contraria, ¡asómbrense!,  siguen diciendo lo mismo que decían los de entonces cuando “toparon” con el yacimiento de Vega Baja, aunque muchos ya sabían lo que había allí. Cojan ustedes las declaraciones de entonces y las de ahora (pueden ver un repertorio de estas declaraciones en la página del blog que estamos llenando de información desde la Plataforma “Toledo.Sociedad, patrimonio y cultura”, “Vega Baja. Prensa”), y si no miren la fecha y el nombre del político de turno que realiza las declaraciones, no podrán distinguir si están en 2006 o en 2019. Y es que, ellos, “siempre cumpliendo la ley”, estuvieron a punto en aquél entonces de destruir la capital del reino visigodo e, incomprensiblemente, más de 13 años después, con un conocimiento mayor, los de hoy, están en la línea de hacer lo mismo, también “cumpliendo la ley”. De igual manera, lean las declaraciones de los “interesados” económicos en ese espacio. También son calcadas. Como entonces, hoy, un grupo de ciudadanos particulares son los que han dado la voz de alarma, y puesto todo patas arriba.



A lo largo de los años muchos no entendían cómo, después de tantos años de la paralización del proyecto urbanístico por el presidente Barreda en 2006, se seguía manteniendo la edificabilidad de ese espacio, encima de la zona protegida como BIC en el POM 2007, y del resto de la vega, protegida a su vez, en la carta arqueológica. Pero parece que la cosa está clara: se mantenían, porque la intención siempre ha sido edificar ese espacio, sólo necesitaban tiempo para que la sociedad se olvidara, o se cansara de ver la vega totalmente abandonada. Cuando en 2018, una vez anulado definitivamente ese plan urbanístico, Milagros Tolón volvió a recuperar las 1.698 viviendas que contenía aquél sobre los BIC’s, ahora, en una Modificación Puntual, la 28, del Plan de 1986; y los usos terciarios y dotacionales para el resto de espacios libres, que como todo el mundo sabe, también son el mismo yacimiento, muchos se quedaron petrificados, o empezaron a entender. La analogía entre unos tiempos y otros sólo tenía una pequeña quiebra, que nos podía hacer pensar, si hubiéramos viajado en el tiempo, en haber desembarcado en una realidad paralela. Mientras que entonces prácticamente todos; los ciudadanos, y las organizaciones o fundaciones toledanas, fueron de la mano en la denuncia del expolio que se estaba cometiendo, hoy, sin embargo, algunos habían bajado el tono, vaya usted a saber por qué motivo, y admitido la generación de plusvalías (construcción) con el fin de dar viabilidad al proyecto cultural. Afortunadamente, un manotazo en la mesa de la prensa nacional, y las organizaciones internacionales, o el protagonismo que está alcanzando la sociedad civil a través de la plataforma “Toledo.Sociedad, patrimonio y cultura”, que son los que nos hemos movido y presentado una primera denuncia por expoliación ante el ministerio de cultura, les ha hecho, al parecer, reconsiderar su posición, y virar hacia una postura más crítica con el nuevo despropósito.



La intención política parece clara. Primero en la plasmación legal de esta en la Modificación Puntual 28, recuperando la edificabilidad para este espacio (no vale decir que no se van a construir 1.300 viviendas, lo que se plasma en el papel, y se firma, es la realidad, lo demás, son cantos de sirena), como decíamos, ya existente en 2007, y segundo, en las declaraciones realizadas, en primer lugar, minusvalorando los restos arqueológicos existentes en el sitio, y luego, diferenciando entre lo que hay dentro y lo que hay fuera del BIC, como si se tratara de cosas distintas, o este hubiera sido bien definido en su momento en base al conocimiento científico y el sentido común (algo que no se hizo), o no estuviera al borde de la ilegalidad por carecer del entorno de protección obligatorio. Por último, el argumento que se da es que se va a cumplir la ley, un mantra que machaconamente repitió Molina en su momento, y nos llevó a donde nos llevó. En este contexto, me parece indispensable para que puedan tomar decisiones, y hacer planes, que nuestros responsables políticos (aunque parece que quieren empezar la casa por el tejado una vez más), conozcan la realidad de Vega Baja, aunque da la impresión de que no quieren saberlo, y prefieren mantener la cabeza, como el avestruz, bajo tierra, por si acaso. Ellos verán. La realidad de Vega Baja está ahí, al alcance de la mano. Lo ideal sería que se realizaran prospecciones geofísicas, sondeos y excavaciones, pero en tanto hacen esto, estaría bien que escucharan a los expertos, como en este caso que nos ocupa, con la tertulia  organizada por el Ateneo de Toledo, que viene en el mejor momento posible, a cargo del arqueólogo toledano, Juan Manuel Rojas Rodríguez-Malo, titulada “Importancia del legado oculto en la Vega Baja de Toledo". He intentado recoger las ideas principales que el arqueólogo desgranó a lo largo de su charla. Algunas palabras son textuales, otras son percepciones del autor de este artículo, y algunas, por último, son interpretaciones, por lo que a pesar de que estas notas tratan de contar un poco lo que se dijo ayer tarde, no deben entenderse como que recogen la transcripción literal de la charla. 

Juan Manuel Rojas tiene a sus espaldas un número asombroso de intervenciones arqueológicas. Como todo el mundo sabe, desde la aprobación de la Ley de Patrimonio Histórico Español el número de intervenciones arqueológicas en España se disparó, y esto, claro está, produjo el descubrimiento de muchos nuevos yacimientos, lo que no ha solido ir en consonancia con la generación de conocimiento, al no existir una investigación e interpretación paralela de los datos obtenidos, o no estudiarse los materiales. Es decir, en la mayoría de los casos, los restos arqueológicos han quedado ocultos en el subsuelo, o desmontados para dejar paso a la construcción, las memorias de las excavaciones se guardan en un archivo, y la mayoría de los materiales se acumulan en las cajas de un almacén en los museos, además de que la actividad de difusión patrimonial por parte de la administración, es muy reducida. La sociedad, a pesar de ese boom de descubrimientos, no está recibiendo la parte que le corresponde en términos de poder disfrutar de los yacimientos, de los materiales en exposiciones de museos, o de la información en publicaciones accesibles a todos.   En ese contexto he tenido la oportunidad de leer algunas de las memorias o informes que redacta Juan Manuel Rojas, y gran parte de ellas son auténticas maravillas, aparte de que, además, ha dedicado gran cantidad de tiempo y esfuerzo a publicar sus intervenciones arqueológicas en un buen número de las principales revistas científicas españolas, algo a lo que las empresas de arqueología no están obligadas. En los últimos años, además, como todo el mundo sabe, consciente de la importancia y el valor de la difusión del conocimiento, porque sólo se puede valorar aquello que se conoce, se ha embarcado en un proyecto de investigación en el yacimiento de Guarrazar, financiado, mayoritariamente, con su dinero personal, que ahora, después de varios años, empieza a arrojar frutos, tanto en términos de descubrimientos asombrosos, como del número cada vez mayor de personas que visitan el sitio, y lo más importante, los niños con sus colegios. Curiosamente, según manifestación del propio arqueólogo, este mismo proyecto de Guarrazar lo ofreció a los responsables políticos de entonces en la ciudad de Toledo, y no le hicieron caso alguno, tal vez porque si se hubiera realizado lo que prentendía Juan Manuel Rojas, se habría hecho evidente la importancia y realidad de Vega Baja, mientras que manteniendo todo abandonado u oculto, los ciudadanos no pueden comprender la realidad del yacimiento. 

Juan Manuel Rojas realizó sondeos y excavó en una gran parte del yacimiento de Vega Baja desde el primer momento, y en el año 2009 realizó también sondeos arqueológicos fuera de lo que fue calificado como BIC,  por lo que sus palabras deberían ser tenidas muy en cuenta a la hora de hablar de patrimonio arqueológico en general, y de la Vega Baja en particular. Conozco a Juanma prácticamente desde sus primeros momentos cuando empezó a trabajar en excavaciones de urgencia, en aquél entonces siempre acompañado por Ramón Villa.  Cada vez que lo veía trabajando en la calle me paraba a charlar con él, algo que suelo hacer, todavía, cada vez que nos cruzamos, porque es un pozo de conocimientos,  y a mí, desde la ignorancia de alguien que no conoce todos los detalles de las situaciones concretas, y teniendo en cuenta que en todos los lugares cuecen habas, siempre me ha parecido un arqueólogo que dice lo que tiene que decir según la deontología profesional. Y esto, a pesar del modelo de tutela patrimonial que obliga al promotor a pagar al arqueólogo, que se convierte así en un asalariado de aquel, cuyo interés principal, la mayoría de las veces, es que no aparezcan restos, que los que aparecen no tengan importancia, y que la excavación se realice en el menor tiempo posible para liberar el terreno, y que a su vez debe presentar sus informes ante la Consejería correspondiente, es decir, que siempre se encuentra entre dos fuegos. Por eso, tal vez, como le he escuchado decir alguna vez, en su mochila acumula muchas cargas, o no sé si decir, causas perdidas, arqueológicas, porque el poder, económico o político, siempre es mucho poder (esto último lo digo yo y que cada uno interpreta lo que quiera), que termina con el enterramiento en el subsuelo, sin acceso, el  desmontaje o destrucción, de un número importante de restos arqueológicos, que tal vez habrían merecido ser conservados. Por eso, no le duele en prenda contar en voz alta, por ejemplo, la sorpresa que le produjo cuando en 2001, el informe de los sondeos que había realizado abarcando todo el espacio del proyecto urbanístico de Vega Baja I, mostrando que el yacimiento se extendía por la mayor parte de los terrenos del proyecto urbanístico, se encontraban todavía en la consejería correspondiente, y , sin que al parecer esta se hubiera pronunciado, lo llamaron para iniciar los trabajos arqueológicos de los viales porque la urbanización iba a comenzar. Es decir, si los sondeos mostraban lo que mostraban, habría sido necesario replantear el proyecto, o repensar lo que se iba a hacer,  y,  sin embargo, se arrancó la urbanización a toda prisa. Por no hablar, por ejemplo, de la desaparición, bien por haber quedado enterrado, o porque los restos fueron desmontados en parte, del que tal vez fuera el edificio más importante de todo este territorio, el Pretorio o palacio de los reyes visigodo, debajo de la actual clínica de FREMAP.  O el estupor que  produjo ver cómo las máquinas cortaron el yacimiento de parte a parte eliminando todos los restos arqueológicos para colocar un colector de grandes dimensiones, cicatriz que todavía puede verse hoy en día. Y esto sólo con respecto a Vega Baja, que si abrimos el abanico a todo el territorio de la comunidad, el panorama puede ser desolador.  Además, las agresiones al patrimonio y el paisaje de la Vega no han dejado de sucederse a lo largo del tiempo hasta el momento actual, como podemos comprobar con la construcción de unos bloques de pisos, pegando un nuevo bocado al yacimiento de Vega Baja, y dañando gravemente al paisaje protegido de este sitio, o la intención anunciada de construir el cuartel de la Guardia Civil en pleno yacimiento.


Durante la charla, Juan M. Rojas resaltó lo que nos estamos jugando en Vega Baja, que atañe a todos los ciudadanos y políticos, porque estos también son ciudadanos, y no sólo los de Toledo, porque el patrimonio es universal. Y es que en el pasado no existía la sensibilidad y reconocimiento que existe ahora para proteger el patrimonio. Entonces era normal que este fuera destruido o reciclado para levantar nuevas edificaciones, pero los tiempos han cambiado. La nueva sensibilidad tiene que ver con el crecimiento del nivel cultural y el aprecio por nuestro pasado. Esta conciencia y conocimientos nos permiten conocer o entender cada vez mejor el mundo en que vivimos, lo que pasa hoy en día. Pero para que exista esa sensibilidad es preciso tener un conocimiento previo, por eso es tan importante que los ciudadanos puedan ver los restos y disfrutarlos, para que puedan valorarlos. En este sentido, ese abandono que ha sufrido Vega Baja, esa falta de interés por conocer, por poner en valor el sitio, estaría en la línea de mantenernos ignorantes de la realidad, y por lo tanto para que no demos la importancia o el valor que realmente tiene ese patrimonio.  A pesar de todo “Las circunstancias históricas han propiciado que Toledo preservara la Vega Baja, casi virgen, como un espacio único en Europa”, y eso no se debería perder. 

Según el arqueólogo, el impacto del urbanismo actual (infraestructuras, materiales de construcción, vehículos, etc.,) nada tiene que ver con la ocupación humana en el pasado. En el mundo antiguo, los materiales de construcción eran la piedra natural del sitio, madera, y barro (adobe o tapial). Con el tiempo ese barro se deshizo, y las ciudades se superpusieron unas sobre otras con un impacto mínimo sobre su entorno. Dado ese impacto, es necesario que se piense mucho lo que se hace, porque la huella que estamos dejando es tremenda. 


Simultáneamente a estas reflexiones realizó un recorrido por la génesis de la roca sobre la que se asienta la urbe romana y visigoda. El río, que aprovechó la existencia de una falla para penetrar por ella, acabó por aislar el peñón, generando un lugar excepcional desde el punto de vista estratégico, ideal para el hábitat humano, y con pocos paralelos en el mundo. Pero a esa roca o peñón sobre la que se asienta la ciudad, no se la puede desligar de las vegas que el río generó a su vez, tanto al este como al oeste. La ocupación histórica a todo lo largo y ancho de esa vega fértil, la alta y la baja, es muy importante, y no sólo se ocupó el cerro. Son muy numerosos los yacimientos aflorados, y el arqueólogo hizo un recorrido por alguno de los más interesantes, como la Villa Romana de la Fábrica de Armas, con sus valiosos mosaicos, la gran Natatio, o establecimiento termal, de Cabrahigos, o la Villa que debió ubicarse en la Casa de Campo, y otros restos que muestran que el poblamiento de estas vegas debió de ser intenso, y mayor aún la ocupación de lo que conocemos como Vega Baja, con indicios de que se ocupó desde la prehistoria, pero más intensamente desde el periodo Romano, alcanzando su máxima extensión, probablemente con los visigodos, y llegando aproximadamente hasta el siglo IX, cuando los musulmanes empezaron a abandonar el espacio, que fue adquiriendo su configuración previa a la actual, de vega dedicada a cultivos.


La amplitud de lo que J.M. Rojas dibuja en un mapa como “suburbium” nada tiene que ver con el espacio que actualmente delimitan los BIC’s declarados,  desbordándolos claramente por todas partes y dejando claro que Vega Baja, el yacimiento, es mucho más y no tiene nada que ver con el espacio que está protegido con esa figura de protección. La ciudad, la “urbs” allá en lo alto, tenía su extensión natural, tres veces más grande que esta, en el “suburbium”, que era la ciudad, debajo de la ciudad.  Es cierto que puede haber espacios vacíos, pero esos espacios, en lugar de llenarlos de bloques de viviendas, tal vez son una oportunidad para crear un sitio donde puedan convivir los restos arqueológicos, con jardines y paseos que podríamos disfrutar todos los ciudadanos. Habló de los caminos históricos, y cómo los seres humanos, que en el pasado hacían las cosas con sentido común, mientras que ahora, muchas veces no sucede lo mismo, llevaron esos viales por los lugares lógicos más favorables en función de la topografía, y cómo se asentaron en torno a ellos, y la importancia que adquirió el comercio gracias a esas vías de comunicación. Esos caminos históricos son perfectamente visibles hoy en Vega Baja, algunos con tanta entidad, en cuanto a su anchura y la profundidad de las capas que servían para darlos estabilidad, que podríamos hablar de autopistas de la antigüedad. Para el arqueólogo, el lugar de Vega Baja tiene una gran importancia, y es fundamental para el conocimiento de la historia, ya que era claramente la capital del reino visigoda, desde la que se ejercía el control por todo el territorio actual de España, y parte de Francia. La época visigoda, a pesar de haber sido conocida durante mucho tiempo como los siglos oscuros, es, sin embargo, una etapa vital y de gran importancia para nuestro país, y para Europa, y lugar excepcional que el azar ha hecho que llegue hasta nosotros en relativas buenas condiciones, que es la envidia de investigadores  y amantes de la cultura de todo el mundo. Por eso, el yacimiento de Vega Baja trasciende la cuestión local, su conservación no sólo es importante para los toledanos, sino que su valor se encuentra también en el contexto europeo o internacional.



Esa importancia del lugar hace que desde el punto de vista económico, incluso, adquiera una dimensión que supera, tal vez con creces, la visión del que sólo ve en ese lugar un sitio vacío que hay que llenar de pisos para rentabilizarlo económicamente. El yacimiento, bien gestionado, sería un lugar de disfrute y de calidad de vida para los ciudadanos locales, pero también un lugar a donde vendría mucha gente de visita, un núcleo de atracción de turismo. Pero para que ese recurso sea real es necesario conservarlo, no sólo en el aspecto arqueológico, sino unido o de forma inseparable del paisaje, de esa visión del casco histórico desde las vegas que actúa como el fondo de un escenario impresionante, y del conjunto que forman el casco histórico, las vegas y el río.  

Finalmente se inició la tertulia propiamente dicha. En la capilla del antiguo Hospital de San Pedro, hoy convertido en sede de múltiples asociaciones y organizaciones culturales, con el nombre de “Centro cultural Cisneros”, se dio cita un nutrido grupo de personas que llenaron el sitio por completo, a pesar de tener lugar en ese mismo momento más actos culturales en otras partes de la ciudad, lo que da muestra del interés que despierta el tema. Aunque los comentarios y preguntas no cesaron, y el presidente del Ateneo tuvo finalmente que dar por finalizada la tertulia porque esta no terminaba, quiero destacar la reflexión que realizó el profesor Antonio Zárate con respecto a que, independientemente del valor arqueológico que indudablemente tiene el sitio, para él, y para los demás, incluido J.M. Rojas, está claro que es absolutamente imprescindible que arqueología y paisaje vayan de la mano, ya que sólo podrá preservarse el lugar si se consigue vincular el sitio arqueológico con el paisaje, que es un valor que además se encuentra protegido. Otros contertulios hablaron de la sensibilidad que existe hacia el patrimonio en otros lugares, de la barrera que supone la senda que se ha construido recientemente, tapando restos arqueológicos, para la interpretación futura del yacimiento, la posibilidad o no de poner plantas en el lugar y cómo afectan estas al yacimiento, de la ilegalidad de que el BIC carezca de entorno de protección, o de la delimitación incorrecta del mismo, ajustada milimétricamente al proyecto urbanístico y no a la realidad arqueológica, o de la extensión real que ha sido sacada a la luz hasta ahora, etc. En relación a este último aspecto hay que resaltar la respuesta dada por Rojas: apenas se ha excavado, en extensión, el 25 o 30 % del espacio, pero es que, en profundidad, sólo se ha alcanzado el 10 %, es decir, sólo ha aflorado la capa superior, mientras que el 90% del yacimiento, permanece bajo el subsuelo. 



En suma una tertulia muy interesante, y productiva, de la que nadie salió sin haber aprendido algo nuevo, y probablemente más convencidos que nunca de que es necesario hacer todo lo posible para preservar este sitio único, con la idea, como repitió Juanma Rojas en varios momentos, de que “El conocimiento de la historia resulta, cada día, más imprescindible para entender el presente y plantear el futuro”. Finalizó la tertulia con esta sentencia que deberíamos grabarla a fuego en nuestras mentes: “su conservación y puesta a disposición de la sociedad, depende de los ciudadanos”.